
Era un hombre común, con la panza de quien ha vivido bien pero camina poco.
Un día, se le ocurrió que tenía que reflexionar sobre la vida, porque ya tenía más canas que ilusiones.
Así que se puso sus tenis de oferta y salió a caminar por un sendero polvoriento, como quien busca respuestas en un terreno que ni conoce.
Pero el sendero no era cualquier camino, no señor, era de esos que parecen que te llevan a la iluminación o al hospital.
Y allí, justo en la mitad, había una piedra.
No una piedrita cualquiera, de esas que pateas cuando te sientes filósofo barato.
Era una piedra chingona, de esas que hacen que cualquier cristiano se tropiece y reniegue de la vida.
Y el hombre, con toda su distracción, le pegó un patadón sin querer.
—¡Puta madre! —gritó, sobándose los dedos del pie con ganas de llorar.
La piedra, inmóvil, parecía burlarse de él.
El hombre se quedó ahí, mirando la piedra con odio.
—Pinche piedra, ¿qué haces aquí en medio del camino?
La piedra no respondió, porque era piedra, no una señora chismosa.
Pero el sendero, que había visto pasar a muchos como él, decidió meter su cuchara.
—¿Y qué esperabas, compadre? Es un camino, y los caminos tienen piedras.
El hombre frunció el ceño.
—Sí, pero ¿por qué justo aquí?
—Porque así es la vida —respondió el sendero, con la paciencia de quien ha escuchado muchas quejas parecidas.
—¡Pues qué pinche enseñanza tan barata! —reclamó el hombre, pateando la piedra otra vez.
Se volvió a sobar, porque no aprendía.
—A ver, carnal, piénsalo bien —dijo el sendero—, la piedra estaba aquí antes que tú.
—¿Y eso qué? —El hombre se cruzó de brazos.
—Pues que no eres el primero en toparte con ella, y no serás el último.
—¿Entonces qué? ¿Me aguanto y ya?
—No, mi rey. Tienes opciones.
El hombre puso cara de burro viendo un teléfono.
—¿Opciones? ¿Qué opciones?
—Mira —dijo el sendero, con tono de maestro de primaria—, opción uno: puedes sacarle la vuelta y seguir tu camino como si nada.
—Ajá… ¿y qué gano?
—Pues nada, pero tampoco pierdes.
El hombre hizo una mueca.
—Opción dos: puedes quedarte aquí llorando como niño sin dulce.
—¡No estoy llorando! —El hombre se sonó la nariz.
—Bueno, bueno, opción tres: puedes mover la piedra para que el siguiente que pase no se chingue el pie como tú.
—¡Ah chinga! ¿Y yo por qué?
El sendero suspiró.
—Porque, amigo, de eso se trata la vida. De decidir qué haces con las piedras que te topas.
El hombre se quedó callado, dándole vueltas al asunto.
Luego miró la piedra, luego su pie hinchado, luego otra vez la piedra.
—¿Y si mejor la dejo pa’ que otro aprenda?
—¡Pos claro! —dijo la piedra de repente, hartándose de tanta pendejada.
El hombre pegó un brinco.
¿¡Hablas!?
—No quería, pero ya me hartaste, compadre.
—¡Pero si eres una piedra!
—No, güey, tú solito te tropezaste conmigo.
—Y tú eres un necio. Mira, no soy ni buena ni mala, nomás estoy aquí.
—Pero me hiciste daño.
El hombre parpadeó, procesando la revelación.
—O sea que… la culpa es mía.
—Exacto —dijo el sendero—, porque la vida está llena de piedras, pero solo se tropieza el que no ve por dónde anda.
El hombre se quedó un rato en silencio.
Luego, con un suspiro, agarró la piedra y la aventó a un lado del camino.
—Bueno, ya, pa’ que otro no se friegue como yo.
Y siguió caminando, más liviano, más sabio, y con un chingo de dolor en el pie.
MORALEJA:
En la vida hay piedras, pero tú decides si te tropiezas, te quejas o haces algo útil con ellas.
FIN

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