Los Pitufos de la Noche

En 1980, Toluca era una ciudad fría, con calles tranquilas y casas con grandes patios donde los niños jugaban hasta que sus madres los llamaban a cenar.

Daniel, con nueve años, era el hermano mayor de tres. Su hermano Ramon tenía cinco, y el recién nacido, Andrés, apenas unas semanas.

Desde que su mamá volvió del hospital, la casa se llenó de visitas, olores raros y el llanto constante del bebé.

Daniel se sentía invisible. Todos hablaban de Andrés, todos lo cargaban, pero a él, nadie le hacía caso.

Así que, como un buen hermano mayor ignorado, pasaba el tiempo en su cuarto, jugando con sus juguetes favoritos: su colección de pitufos.

Eran pequeños, de plástico duro, y tenía varios: Papá Pitufo, Filósofo, Gruñón, y hasta el Pitufo Fortachón con su tonta pesa de juguete.

Su mamá le decía que los cuidara porque en el mercado ya no los vendían, que eran “caros” y “de colección”.

Pero Daniel no jugaba con ellos de la manera tradicional.

A veces los acomodaba en la mesa de la sala, como si tuvieran reuniones secretas.

Otras veces los dejaba cerca de la ventana, para ver si hacían algo cuando nadie los veía.

Una noche, después de que el bebé llorara por horas y por fin se quedara dormido, Daniel se despertó con un sonido extraño.

Era un tintineo, como si algo de plástico golpeara la madera de su buró.

Abrió los ojos con dificultad y, en la penumbra, vio algo que lo dejó helado: sus pitufos estaban moviéndose solos.

No como un temblor o porque los había pateado dormido. No. Caminaban.

Caminaban como si tuvieran vida propia.

Daniel se quedó inmóvil, con el estómago apretado.

Papá Pitufo se subió a su despertador y con su gorrito azul dio una especie de discurso en voz baja.

No entendía las palabras, pero sabía que no era nada bueno.

Entonces, los demás pitufos comenzaron a moverse con rapidez.

Filósofo sacó un alfiler que Daniel ni sabía que tenía. Fortachón levantó su pesa como si planeara romper algo.

Daniel sintió que se le secaba la boca.

Se talló los ojos. Tal vez era un sueño.

Pero entonces vio a Gruñón bajarse de su buró y correr hacia la cuna de su hermano.

Ahí, en la oscuridad del pasillo, sus pequeños pies de plástico sonaban como tamborcitos sobre el suelo de madera.

2Daniel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Se levantó de golpe, sintiendo que sus piernas no le respondían.

Corrió tras ellos, apenas alcanzando a ver sus siluetas diminutas meterse entre las cobijas del bebé.

—¡No, no, no! —susurró, porque si despertaba a sus papás y les contaba esto, seguramente lo encerrarían en el baño.

Con el corazón latiéndole en la garganta, metió la mano en la cuna y sintió algo moverse.

Algo frío, algo pequeño, algo que no debía estar ahí.

Sacó un pitufo con el gorro chueco y la sonrisa torcida.

Estaba sosteniendo un hilo negro, como un lazo en miniatura.

Daniel lo aventó lejos, sintiendo que se le erizaban los pelos de la nuca.

Miró dentro de la cuna. Andrés dormía tranquilo, pero enredado en sus cobijas como si alguien hubiera tratado de envolverlo demasiado fuerte.

Los otros pitufos estaban escondidos en las sombras, observándolo con sus ojos plásticos, sin moverse.

Sintió ganas de gritar, pero no podía.

Con manos temblorosas, agarró a todos los pitufos y los metió en una caja de zapatos.

Encima puso libros, revistas y todo lo que encontró en su cuarto.

Luego se quedó sentado junto a la cuna, vigilando que nada más se moviera.

No durmió en toda la noche.

A la mañana siguiente, se sintió como un zombi.

Su mamá entró a despertarlo y vio la caja con los libros encima.

—¿Qué haces con tus pitufos ahí?

Daniel la miró, inseguro de qué responder.

Si le decía la verdad, lo tomaría por loco.

—Nada… me cansé de jugar con ellos.

Su mamá le revolvió el cabello y siguió arreglando la cuna del bebé.

Daniel se quedó en silencio, pero en el fondo, sentía que los pitufos sabían que los había atrapado.

Esa noche, antes de dormir, escuchó un pequeño ruido dentro de la caja.

Un rascado suave, como si alguien pequeño intentara salir.

No abrió la caja. No los sacó.

A la mañana siguiente, los llevó al jardín y los enterró en el fondo, debajo de un árbol seco.

Desde entonces, no volvió a coleccionar figuras de plástico.

Pero, a veces, cuando pasaba por el jardín, juraba que oía risitas bajas, escondidas entre la tierra.

Y por las dudas, nunca más dejó que nadie le regalara un pitufo.


Comentarios

Deja un comentario