Nacemos desnudos, envueltos en llanto,
la vida comienza, el tiempo es un canto.
De segundos y días, tejemos un hilo,
un sendero hacia el fin, siempre tranquilo.
La muerte es certeza, sombra al final,
la única promesa, nuestra verdad fatal.
Inevitable palabra, frío recordatorio,
del polvo que somos, y nuestro territorio.
Corremos ansiosos, tras sueños fugaces,
buscando en la vida eternas frases.
Pero el tiempo se ríe, paciente y callado,
nos deja jugar, su juego planeado.
¿Cómo encontrar felicidad en tan poco?
Si la vida es un suspiro, un instante loco.
Entre risas y lágrimas, cosechamos momentos,
olvidando que somos solo vientos.
Nacer es un pacto, firmado en silencio,
vivir es un grito, en un breve suspenso.
Pero cada latido es un paso al abismo,
un baile que termina en el fatal sismo.
¿Por qué temerle a la dama vestida?
Si su abrazo es el final de la partida.
Tal vez, en su sombra, no hay castigos,
solo descanso, y viejos amigos.
La palabra “inevitable” pesa como roca,
nos hace correr, con la esperanza rota.
Pero en su dureza hay también redención,
una invitación a vivir con pasión.
Porque si la muerte es segura y certera,
¿qué queda, sino vivir a nuestra manera?
Reír a carcajadas, amar sin medida,
ser locos poetas en esta breve vida.
Y cuando llegue, la inevitable dama,
que nos tome la mano y en calma proclama:
“Tu tiempo se agota, el viaje concluye,
pero viviste, luchaste, la vida construye.”
Así partiremos, dejando memoria,
de risas y lágrimas, nuestra propia historia.
Porque en la muerte, la vida florece,
y lo inevitable… también nos enriquece.


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