Día del fin del mundo

El anuncio llegó un martes, mientras Ernesto comía un sandwich mal hecho en la cocina de su departamento.

“Se informa que un meteorito del tamaño de Texas impactará la Tierra mañana a las 10:34 AM. No hay posibilidades de desviarlo”, decía el locutor en tono solemne.

Ernesto apenas alzó la vista del plato. Dio un sorbo a su café frío y cambió de canal.

—Pues qué cosas —murmuró, mientras buscaba algo más interesante.

En el siguiente canal estaban transmitiendo un especial sobre cómo sobrevivir al impacto. “Construye tu búnker en casa con materiales básicos”, explicaban.

Ernesto rió por lo bajo. —¿Para qué? Si nos vamos a morir todos.

Su celular vibró sobre la mesa. Era un mensaje del grupo familiar.

“¡Ernesto! ¿Ya viste las noticias? Ven a casa. Debemos estar juntos en este momento tan difícil”, escribió su madre.

Suspiró. No tenía intención de ir. Las reuniones familiares siempre terminaban en pleitos inútiles.

Además, ¿qué sentido tenía? No iban a detener el meteorito abrazándose en el sillón de la sala.

Decidió salir a caminar. Las calles estaban llenas de caos. Gente comprando comida como si fueran a necesitarla por años, otros llorando y abrazándose.

En una esquina, un hombre gritaba: “¡El juicio final está aquí! ¡Arrepiéntanse de sus pecados!”.

Ernesto cruzó la calle sin mirar al profeta del apocalipsis. —Viejo ridículo —pensó.

Entró a la tienda de la esquina para comprar una cerveza.

—¿Va a pagar con tarjeta o efectivo? —preguntó el cajero, visiblemente nervioso.

—Con tarjeta. Total, el banco no va a cobrarme mañana —respondió Ernesto con una sonrisa sarcástica.

El cajero lo miró con desprecio, pero pasó la tarjeta sin decir nada.

Al salir, vio a una mujer llorando en una banca.

—¿Todo bien? —preguntó Ernesto, más por cortesía que por interés.

—¡Mi vida está arruinada! —gritó la mujer. —Quería casarme, tener hijos, viajar por el mundo… ¡y ahora todo termina mañana!

Ernesto dio un sorbo a su cerveza y se encogió de hombros.

—Pues mira el lado positivo, no tendrás que pagar la boda.

La mujer lo miró horrorizada y le lanzó su bolso. Ernesto esquivó el golpe y siguió caminando.

Llegó al parque, donde un grupo de hippies tocaba tambores y cantaba sobre “la transición al plano superior”.

—¿Plano superior? —se burló Ernesto en voz baja. —El único plano que voy a ver mañana es el del meteorito aplastándonos.

Pasó la tarde en el parque, bebiendo y observando cómo la gente reaccionaba al inminente fin del mundo.

Algunos se abrazaban, otros discutían, y unos pocos, como él, simplemente parecían indiferentes.

Cuando el sol comenzó a ponerse, decidió ir a casa.

En el camino, pasó por un bar donde un cartel decía: “¡Última noche del karaoke! ¡Ven y canta como si no hubiera mañana!”.

Entró sin dudarlo.

El ambiente era una mezcla de fiesta y desesperación. La gente cantaba baladas tristes entre tragos de tequila.

Ernesto se sentó en la barra y pidió un whisky doble.

—¿No estás preocupado? —le preguntó el barman.

—¿Por qué debería? —respondió Ernesto. —Llevo años sobreviviendo a esta vida. Un meteorito no es tan diferente.

El barman rió, pero su risa tenía un toque de resignación.

Cerca de medianoche, Ernesto decidió subir al escenario.

Eligió una canción ridículamente alegre y comenzó a cantar como si realmente no le importara nada.

El público, en su mayoría borracho, lo vitoreó. Por primera vez en años, Ernesto se sintió el centro de atención.

Cuando terminó, recibió una ovación que casi lo hizo sonreír.

Regresó a casa caminando, tambaleándose un poco por el alcohol.

Esa noche, antes de dormir, pensó en su vida. No era gran cosa, pero tampoco había sido tan mala.

“Bueno, al menos no tendré que preocuparme por el lunes”, pensó antes de quedarse dormido.

A la mañana siguiente, despertó a las 10:00 AM. El meteorito debía impactar en poco más de media hora.

Se preparó un café y encendió la televisión. Los noticieros transmitían imágenes en vivo del cielo, esperando la catástrofe.

Pero algo extraño ocurrió.

A las 10:34 AM, el meteorito simplemente pasó de largo. No hubo impacto, ni explosiones, ni el fin del mundo.

Ernesto se quedó mirando la pantalla, incrédulo.

“Última hora: Científicos confirman que el meteorito se desvió inesperadamente. La Tierra está a salvo”, decía el locutor, visiblemente emocionado.

Ernesto suspiró, apagó la televisión y se sirvió otro café.

—Pues qué chingadera. Ahora sí voy a tener que pagar el karaoke de anoche.


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