
Luis nunca había sido bueno con el dinero. Ni con las decisiones, si somos sinceros.
Todo comenzó con una tarjeta de crédito que, según el banco, era «para emergencias».
Emergencia: compró un televisor nuevo para ver el mundial en 4K. Después pensó que necesitaba un sofá más cómodo para disfrutarlo.
La cuenta creció, pero Luis no se preocupó. ¿Qué son los intereses cuando tienes un sueldo fijo?
Luego llegó la pandemia, las horas extras desaparecieron y las tarjetas empezaron a comerse lo poco que ganaba.
«Páguenos o tomaremos acciones legales», decía la carta que encontró en su buzón una mañana.
Luis la ignoró, como ignoraba las llamadas de números desconocidos que, seguramente, eran cobradores.
Pero la presión creció. Su salud empezó a deteriorarse: noches sin dormir, gastritis crónica, jaquecas diarias.
—¡Todo por esas malditas deudas! —se lamentaba, mirando el techo de su cuarto como si fuera a caerle encima.
Y quizá lo haría; su departamento también estaba hipotecado.
Su familia lo notó. Sus ojos hundidos, su humor siempre agrio.
—Luis, ¿estás bien? —le preguntó su hermana un domingo, mientras comían en casa de su madre.
—Sí, claro. Todo bien —respondió, con una sonrisa más falsa que los «meses sin intereses» que lo habían llevado a ese punto.
Pero no todo estaba bien. Luis evitaba a sus amigos, ya no salía y había dejado de contestar mensajes.
Las deudas eran un fantasma constante, siempre al acecho.
Una noche, después de varias copas de whisky barato, decidió que ya no podía más.
—¡Que se queden con todo! —gritó, aunque estaba solo en su departamento.
Pensó en terminar con todo. No había salida.
Pero antes, decidió escribir una carta. No para despedirse, sino para burlarse del banco.
«Queridos hijos de la chingada: aquí tienen mi última voluntad. Mis órganos no valen tanto como me cobraron, pero tómenlos si quieren».
A la mañana siguiente, aún vivo y con resaca, revisó su buzón.
Una carta del banco lo esperaba. La abrió con desdén, esperando otro ultimátum.
Pero esta vez era diferente. «Estimado cliente: debido a su historial, hemos decidido ofrecerle un descuento del 50% en su deuda si realiza el pago esta semana».
Luis no podía creerlo. ¿Un descuento? ¡Eso era un milagro!
De repente, la idea de seguir vivo no parecía tan descabellada.
Pero la euforia duró poco. Miró sus ahorros y se dio cuenta de que, aunque hiciera el pago, aún quedaría en números rojos.
Esa sensación de ahogo regresó, esta vez con más fuerza.
—Ni siquiera un descuento me salva —pensó, con las manos temblando.
Decidió que ya no podía esperar más.
Escribió una segunda carta, más breve, para su familia: «No fue su culpa. Solo no puedo más».
Subió a la azotea de su edificio al atardecer.
El cielo estaba teñido de naranja y púrpura, un contraste cruel con su estado de ánimo.
Pensó en todo lo que había perdido, todo lo que había fallado.
—Es mejor así —murmuró, mirando el vacío bajo sus pies.
Y saltó.
Mientras su cuerpo se precipitaba, no pudo evitar sentir un alivio extraño. Todo estaba a punto de terminar.
En el suelo, un grupo de vecinos gritó al ver el impacto.
Su familia recibió la noticia unas horas después. El llanto y la confusión los llenaron.
—¿Por qué no nos dijo nada? —preguntó su madre, mientras sostenía la nota que había dejado.
Esa noche, las noticias locales hablaron brevemente del «hombre que no pudo con sus deudas».
Pero mientras su familia se enfrentaba al duelo, algo inesperado sucedió.
Al día siguiente, el banco envió una notificación a su correo electrónico.
«Estimado cliente: en un esfuerzo por apoyar a nuestros usuarios más afectados, hemos decidido condonar el 100% de su deuda. ¡Gracias por ser parte de nuestra institución!»
El mensaje fue seguido por otro: «Estamos aquí para ayudarle a construir un futuro financiero sólido».
Obviamente, Luis no podría leerlo.
La noticia llegó a oídos de su familia cuando el banco los contactó directamente.
—Lamentamos profundamente su pérdida. Queremos que sepan que la deuda de su ser querido ha sido eliminada por completo.
Su hermana soltó una carcajada amarga.
—¡Qué ironía! Justo cuando podría haber tenido un respiro…
En el funeral, alguien bromeó entre lágrimas: «Al menos, murió sin deudas».
Al final, el banco publicó un comunicado en redes sociales, presumiendo su «compromiso con los clientes».
Las reacciones no se hicieron esperar. Comentarios como «Deudas perdonas… cuando ya no te sirven», inundaron la publicación.
Luis, desde donde estuviera, no podía saberlo, pero quizá habría apreciado el sarcasmo del destino.
Mientras tanto, en algún rincón de la ciudad, alguien recibía otra carta: «Estimado cliente, podemos ayudarle con su deuda».
Y así, el ciclo continuaba.

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