Ramón siempre había sido un hombre práctico. No le gustaban los dramas ni las reflexiones profundas, pero en su cumpleaños 50 algo hizo “clic” en su cabeza.

—Ya pasé más de la mitad de mi vida —se dijo frente al espejo, con un par de canas más brillando en las sienes.

Y ahí, mientras se rasuraba, se dio cuenta de algo: todo iba en declive.

—De aquí en adelante conoceré a menos gente, haré menos cosas y, si me descuido, hasta me saldrán más achaques.

La idea le cayó como un balde de agua fría.

Decidió ahogar sus pensamientos en un par de cervezas. O en diez.

Fue al bar más cercano, ese donde ya ni le preguntaban qué quería porque siempre pedía lo mismo.

—¿Qué te pasa, Ramón? —preguntó Nacho, el cantinero. —Pareces más jodido que la cafetera de aquí.

—Nada, Nacho. Nomás me cayó el veinte de que voy en bajada.

Nacho lo miró, encendiendo un cigarro. —Pues bienvenido al club. Aquí nadie sube, todos nos deslizamos como tobogán de feria.

Ramón soltó una carcajada amarga y pidió otro trago.

Al tercer tequila empezó a sentirse observado.

Miró alrededor, y en la mesa del fondo, una figura encapuchada lo observaba fijamente.

—¿Quién es ese? —preguntó, señalando discretamente.

—¿Ese? Nadie. Ha estado ahí toda la tarde —respondió Nacho.

Ramón, con el valor que solo el alcohol da, se levantó y se acercó a la figura.

—¿Y tú qué miras, cabrón? —le soltó, tambaleándose ligeramente.

La figura levantó la cabeza, dejando al descubierto un rostro pálido, con ojos hundidos y una sonrisa perturbadora.

—Te estaba esperando, Ramón.

Ramón frunció el ceño. —¿Quién chingados eres?

—Soy la Muerte.

Ramón soltó una carcajada. —¡No mames! ¿Así, tan directo? ¿No traes guadaña ni nada?

—¿Para qué? Con tus decisiones me ahorras el trabajo.

—¿Qué quieres? —preguntó Ramón, tomando asiento frente a ella.

—Nada especial. Nomás platicar. Hoy cumples 50, ¿no? Ya estás en mi radar.

Ramón pidió otra cerveza, ignorando el escalofrío que le recorrió la espalda.

—¿Y qué? ¿Vienes por mí o qué?

La Muerte sonrió. —No todavía. Pero quería que supieras que ya estás más cerca de mí que de cualquier otra cosa.

Ramón se quedó callado, procesando lo que acababa de escuchar.

—¿Sabes qué es lo peor? —continuó la Muerte. —Ya no conocerás a tanta gente. Lo que resta son velorios y doctores.

Ramón bufó. —Eso ya lo sabía. No necesito que vengas a recordármelo.

—Entonces dime, ¿qué vas a hacer con lo que te queda? —preguntó la Muerte, inclinándose hacia él.

Ramón pensó en sus días rutinarios, en las mismas caras de siempre, en las noches silenciosas.

—Pues no sé. Igual y me pongo a vivir la vida, viajar, esas mamadas que dicen que hacen los viejos.

—Ja, vivir la vida. ¿Y con qué? ¿Con lo que te quedó de la tanda? —respondió la Muerte con un tono burlón.

Ramón la miró fijamente. —Oye, ¿tú siempre eres tan mamona o nomás conmigo?

—Solo contigo, Ramón. Me caes bien. Por eso vine hoy.

—¿Para joderme?

—No, para recordarte que esto se acaba. Y que la última cara nueva que vas a ver soy yo.

Ramón se quedó callado, mirando su cerveza como si le fuera a dar respuestas.

—¿Sabes qué? —dijo finalmente, golpeando la mesa con su vaso vacío. —Me vale madre. Si te voy a ver al final, al menos voy a llegar bien pedo y feliz.

La Muerte sonrió, como si estuviera complacida. —Esa es la actitud, Ramón. Pero no te confíes mucho. A veces me gusta sorprender.

Ramón rió. —¿Qué, me vas a llevar cuando esté en el baño o qué?

—Algo así. Pero no te preocupes, te daré tiempo de despedirte de tu cantinero favorito.

Ramón levantó su vaso en señal de brindis. —Pues salud, hija de la chingada.

Pasaron horas entre risas y anécdotas. Ramón casi olvidó quién tenía enfrente.

Cuando el bar empezó a vaciarse, Nacho se acercó. —¿Y este quién es? Nunca lo había visto contigo.

—Es una amiga nueva —dijo Ramón, guiñándole un ojo.

La Muerte se levantó, alisándose la túnica. —Es hora de irme, Ramón. Pero nos vemos pronto.

—¿Cuándo? —preguntó él, sintiendo un leve escalofrío.

—Quién sabe. A lo mejor en tus próximos 50… o en tu próxima peda.

Ramón se quedó viendo cómo la figura desaparecía por la puerta del bar.

Al día siguiente, despertó con una resaca monumental y una extraña calma.

Fue al espejo, se miró y dijo: —Pues si la última será la Muerte, que sea después de unos tacos bien servidos.

Y salió, decidido a vivir. Porque, después de todo, la Muerte ya le había reservado su cita.


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